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La licencia social: el activo intangible que decide la suerte de los proyectos

La aprobación regulatoria ya no basta. Sin la aceptación de las comunidades que conviven con un proyecto, ninguna iniciativa pública o privada es sustentable en el tiempo.

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Durante décadas, la viabilidad de un proyecto se midió en permisos: la resolución de calificación ambiental, las autorizaciones sectoriales, los informes técnicos. Esa época terminó. Hoy un proyecto puede contar con todos los permisos en regla y, aun así, quedar paralizado porque el territorio que lo recibe no lo acepta.

A esa aceptación la llamamos licencia social: la percepción de aprobación o rechazo que una comunidad le otorga a un proyecto, institución o empresa para operar en un territorio dado. No se tramita en ninguna oficina, no tiene timbre ni vencimiento fijo, y sin embargo decide —con más fuerza que muchos instrumentos formales— la suerte de las inversiones.

Tres dimensiones que no se pueden delegar

Nuestra experiencia indica que esta percepción se construye sobre tres dimensiones cruciales:

  • Comunicación: información transparente y oportuna, entregada antes de que la desconfianza llene los vacíos.
  • Vínculo: relaciones sostenidas en el tiempo, no visitas de cortesía cuando aparece un problema.
  • Expectativas: gestión honesta de lo que el proyecto puede y no puede ofrecer a su entorno.

Cuando estas dimensiones se gestionan de manera sistemática y medible, la licencia social deja de ser una abstracción y se convierte en un sistema de gestión: con indicadores, con responsables, con decisiones trazables.

Del diagnóstico a la gestión

La consulta a los pueblos originarios y los procesos de participación ciudadana, con todo el esfuerzo que despliegan, siguen siendo procesos de información y diálogo sin implicancia vinculante. En ese contexto institucional ambiguo, las comunidades y organizaciones vecinales han adquirido un protagonismo creciente y exigen pronunciarse sobre los proyectos que afectan sus vidas.

La pregunta para los titulares de iniciativas ya no es si dialogar con el territorio, sino cómo hacerlo bien: con qué metodología, con qué equipo y con qué disposición real a incorporar lo que se escuche.

Esa es, precisamente, la conversación que nos interesa abrir en esta sección de columnas.

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